sábado

JUANILLO / DIOS

Criado en la intemperie del campo, hecho a sí mismo —callo a callo— en cuanto sabía, que era mucho, que si trazaba surcos como si el sol hubiera ido por delante marcándole con hilos de luz por donde tenía que ir la reja, sabía cuándo era tiempo de siembra o de aguardo, y las lluvias las veía venir con solo oler el viento o escuchar el repetido canto trisílabo del carbonero.

No sabía ni leer ni escribir, digo en libros y en cuadernos, pero interpretaba como nadie cuanto la Mano escribía sobre la tierra, ya fuera en las extendidas minúsculas de un mato o en las mayúsculas de los olivos, y escribía a dos manos, maestría escribana, cuando en las manos se ponía un puñado de granos o se aferraba a los bieldos o a la azada.

Iba a misa solamente cuando era de duelo, y de las oraciones solamente decía las tres o cuatro primeras palabras, «Padre nuestro que estás en los cielos…», «Santa María, Madre de Dios…», y cuando llegaba la hora del evangelio y tenía que persignarse, procuraba hacerlo con la cabeza baja, porque lo hacía equivocando de sitio los dedos en cruz, como si en vez de persignarse, se rascara levemente o espantara de la cara alguna mosca.

Pero siempre en silencio, siempre respetuoso, siempre dándose sin saber cómo, pero dándose. Y así, en las procesiones, él se destocaba, ponía una rodilla en tierra, bajaba la cabeza y no decía palabras. Era todo campo y luz. Para aquel hombre, el campo era el domicilio de Dios. Todo a él lo fiaba, aunque jamás el costado le hubiera olido a sotana ni la chaqueta a incienso. Murió. Y Dios estaba a su lado.